Día quinto.
Amanecimos al día quinto del viaje por el Noroeste en medio del “bosque de pelos” y tras desayunar y desmantelar nuestro hogar portátil, nos marchamos al centro de visitantes del “Hoh Rain Forest”. Es sorprendente ver la documentación bibliográfica tan buena que encuentras a la venta en un pequeño centro de visitantes en medio de un inmenso bosque. Podías hallar, además de las típicas postales y detallitos, mapas a diferentes escalas, tratados de ecología del Noroeste, enciclopedias botánicas de la zona con distintos niveles de detalle, libros de historia, y hasta cuadros con vegetación autóctona secada y prensada. Allí todo tenía pelos: los “Rangers Power” que te atendían, las cabinas de teléfono…
…las piedras, y sobre todo, los árboles. Es el bosque que habita sobre el bosque. Líquenes, musgos y helechos que crecen sobre los árboles, dándole al bosque un aspecto peludo muy peculiar. Juzgar por vosotros mismos.
Como ya ha contado One, las tormentas invernales suelen arrancar árboles, que embriagados de tanta riqueza en nutrientes, no necesitan profundizar sus raíces para buscarse las habichuelas. La vida es impaciente aquí, de manera que cuando cae un árbol, las semillitas aprovechan rápidamente este cadáver para germinar sobre él, creando formaciones como estas.
En ocasiones (veo mueeertos, jeje) el árbol cadáver es consumido por sus iguales, y las raíces quedan dispuestas de maneras caprichosas.
Decidimos hacer un par de rutas por el bosque. Los senderos estaban muy bien marcados y documentados con paneles. Nosotros, como siempre, íbamos en plan japoneses, haciendo fotos a todo, mientras grupos de americanas montañeras nos adelantaban con su casa prensada en una mochila y en un segundo se perdían por el fondo del sendero.
Al parecer los americanos de estas remotas tierras son muy amorosos, todos nos saludaban con un “Hi dears” (hola queridos). Quizás un exceso de cariño por parte de sus familiares les hizo contraer una enfermedad de pequeños que les dejo, posteriormente, la secuela del “americano amoroso”. Un joven sin pelo hizo destacar en medio del bosque de pelos a un grupo de españoles. Eran de Asturias y del País Vasco, algunos vivían en Málaga. Intercambiamos impresiones de los sitios que habíamos visto y de lo que planeábamos ver después. Todos estábamos muy bien documentados. Nos dieron consejos sobre la ruta del día sexto, y decidimos hacerles caso, de manera que tras el lunch partimos hacia el Este, dirección a Anacortes, desde donde cogeríamos el ferry hacia las Islas de San Juan.
Para llegar a Anacortes tuvimos que abandonar la península de Olympic (muy a pesar nuestro), atravesar la capital del estado de Washington (Olimpia), tragarnos el atasco del año entre Tacoma y Seattle, y seguir hacia el Norte unas millas más, hasta llegar a la isla de Fidalgo, donde se encuentra esta población. Habría sido recomendable viajar hacia el Norte desde el principio en lugar de hacia el Este. Nos habriamos ahorrado unas millas y el atasco.
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Llegamos muy tarde, después de las 10, y nos alojamos en un hotelito llamado Marina Inn, cerca del puerto. La habitación doble para los americanos, era cuadruple para nosotros, ya que tenía dos camas de matrimonio, y una tele de matrimonio también. La chica de la recepción nos aconsejó un sitio italiano para cenar, y allí nos presentamos One y yo, hechos unos guarris, con el pelo pelijoso, sin afeitar (me habeis pillado), con la ropa arrugada por del viaje, en un restaurante requeteplin, con todo el mundo super-arregrado-te-lo-juro, con sus botellas de vino y su comida jander-clander. Nos atendió una jovencita italina que prácticamente acabaría de aterrizar del país de la pasta y tenía un acento graciosísimo al pronunciar frases como “Do you want morrrrrre brrrrrrrread” o “Enjoy the dinerrrrrrrrrr”. Esa noche dormimos como bebés, en nuestras enormes camas, duchaditos, con nuestra buena cena con aceite de oliva (importante detalle) y nuestra ración de limonchelo.
En USA, ¡cuán raros son!
La lavandería. Como estamos acostumbrados a ver en las películas, las lavadoras aquí están en lavanderías. Es algo que yo no entiendo. Una familia puede tener tres trucks, un coche viejo que no utiliza, una casa enorme con jardín…. pero no tiene lavadora en casa. ¿Alguien sabe por qué? Así que cuando estas en casa cocinando y recuerdas que tienes ropa para lavar tienes que coger tu ropa sucia, tu detergente, tu suavizante y dinero suelto en monedas de un cuarto de dólar, pasearlo todo por el vecindario y poner la lavadora. Y si quieres llevarte la ropa menos mojada a casa, un par de paseos más: baja cuando haya terminado el programa de lavado con más dinero suelto para poner la secadora una vez para secar un poco la ropa y ¡vamos, chicos!, otro paseíllo y más dinerito para secar la ropa totalmente. Se trata de un deporte conocido mundialmente como “lavendering”, que en inglés sería “loundring”.
Sprocket
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