Día sexto.
Aún recuerdo el momento en que recogíamos las cosas del coche la noche anterior. Estábamos un poco liados con el significado de “Inn”. En el diccionario pone “posada”. Yo aún no lo entiendo bien, porque hay hoteles, hay moteles, hay Inns, bed and breakfast… un follón.
A Marina Inn llegamos de rebote, porque la guía decía que fuéramos a otro Inn que estaba muy bien, pero no había vacantes, de manera que el recepcionista, muy amablemente, nos derivó a nuestro destino final.
Como decía, recuerdo el momento en que ya cenados – pagamos la habitación y nos fuimos a cenar para no correr el peligro de encontrarnos todo cerrado – pensábamos qué cosas subir a la habitación y cuáles no, quizá todavía con el “chip camping”:
K - ¿Nos subimos las toallas?
O – No será necesario, seguro que hay en la habitación.
K - ¿Estás seguro?
O - ¡Estamos en Estados Unidos, la primera potencia mundial!
Cuando llegamos a la habitación y vimos las dos camas de matrimonio, la tele de matrimonio, las toallas de matrimonio, el secador, los jabones, crema hidratante, caramelos, papel, boli… ¡Esto es Estados Unidos! – pensé -.
El desayuno estaba incluido en el precio de la habitación – unos 60€ - pero no es el típico desayuno buffet libre de España. Hay muffins, donuts, cereales, tostadas – de pan de molde – fruta, yogur, pero no hay fiambre, tomate, pan normal, ni por supuesto, mi muy añorado aceite de oliva. Pero bueno, como dice el refrán “In Rome do as romans do” (traducción libre: “Allá donde fueres haz lo que vieres”) ¡Qué ganas tengo de una tostada con tomate y aceite y de un café con leche!
Cuestiones culinarias aparte nos fuimos al puerto para tomar el ferry hacia Friday Harbour.
Una vez allí, contratamos un barco que nos daría una vuelta por las Islas San Juan buscando el avistamiento de ballenas.
Teníamos tiempo, de manera que nos dimos una vuelta por el pueblo. Estaba lleno de tiendas de ropa deportiva, de cosas de piratas, restaurantes, cafeterías de tiendas de artesanía india (americana, se entiende)… y el puerto deportivo. Está claro que ese pueblo vive del turismo ballenero, porque el agua estaba bien fría…
Comimos en un japonés – otra vez hablando de comida – unas cosas superpicantes y con mucha soja. ¡Qué cantidad de gases!. Suerte que en el barco había bastante ruido e íbamos al aire libre. Hablo por mí. Me tuve que comprar una gorra porque la mía la olvidé en el coche – es que cuando llegamos al puerto de Anacortes estaba lloviendo – y encontramos un sitio donde mirar el correo electrónico.
En fin, el viaje en barco alrededor de las Islas San Juan fue de ensueño. Vimos cantidad de animales y paisajes:
Focas
Águilas
Aquí iba a pescar
Cervatillos
Patos
…y paisajes muy bonitos
…pero de orcas sólo un lomito.
La empresa con la que hicimos el viaje es la única que te garantiza el avistamiento y por este motivo nos ofrecieron tickets nominativos para volver, incluso otro año, pero decidimos rechazarlos. Aún sin ballenas, el paseo fue espectacular.
De vuelta en Anacortes hay que cenar. Llegamos a un sitio recomendado por la guía que debía estar muy bien, porque no cabía más gente, de manera que nos fuimos a otro, apremiados por el hecho de conseguir sitio en el camping… una pizzería. Pedimos bebidas y pizza, se equivocaron en los ingredientes y como compensación nos regalaron la pizza y nos rellenaron las pepsis que habíamos consumido mientras esperábamos. ¡Qué trato al público tiene esta gente, se deshacían en disculpas y nos estaban regalando la cena!.
Cenamos en el coche de camino al camping ¡Joé, cómo pica la pizza!. Cuando llegamos a Deception pass estaba completo. ¿Por qué les pondrán esos nombres? Realmente nos decepcionó. El de Bay View también completo, y en el del medio no admitían tiendas, sólo caravanas.
Como el destino siguiente era Seattle, decidimos ir acortando distancia y buscar un sitio en la carretera para dormir.
Motel Mark II
El típico motel de las películas americanas, con dos pisos, todas las habitaciones abren directamente a la calle. Frente a la recepción había una Harley Davidson, bien cuidada pero algo distinta a los cientos de Harleys que hemos visto… menos pija. En la recepción, un tipo con pinta de duro bastante feo, vestido de negro riguroso, excepto por el escudo de Harley de la camiseta. Obviamente la moto era suya… y nosotros habíamos aparcado al lado de ella.
Sólo quedaba una habitación y con sólo una cama. ¿Qué hacemos?. Estamos en los Estados Unidos, aquí las camas son a lo bestia, y cincuenta pavos… está muy bien.
- OK
- Número 37.
Pusimos el coche en la puerta y Ka abrió mientras yo empezaba a descargar.
- Venga Ka, enciende la luz.
- No funciona, espera, aquí parece que hay otro interruptor.
- ¡Oh, qué olor más fuerte! ¿Matarratas?
Cuando Ka enciende la luz, empieza a venírseme encima la estampa:
La luz provenía de un aplique que originariamente debió tener tres bombillas, de las cuales sólo quedaba una en funcionamiento, un casquillo estaba vacío y el otro tenía bombilla pero rota. La cortina de la ventana estaba asquerosa de sucia y medio descolgada. El microondas remendado con cinta adhesiva, parecía dispuesto únicamente para ser utilizado como detonador de una pequeña bomba en caso de tener que huir precipitadamente. La tele tenía grabado a cuchillo el nombre del motel en su parte superior, no debía ser la primera vez que habían robado una allí. El mando a distancia estaba destrozado, seguramente por múltiples golpes y remendado como el horno, con cinta adhesiva. Sobre la cama un sucio soporte para barra de neón, como todo allí, sin barra. Parece que a alguien en algún momento no le interesó que hubiera demasiada luz dentro. Las suelas de los zapatos se quedaban pegadas en el suelo del baño y la bañera estaba oxidada en una de sus esquinas. ¿Estamos en Estados Unidos? – pienso -.
- ¿Qué hacemos?
- Ya hemos pagado, yo voy a darme una ducha.
Durante el rato que Ka se duchaba yo intentaba conciliar el sueño en el saco de dormir, sobre la cama. La ventana de atrás estaba atrancada con un palo; como nos habían invitado a las pepsis y Ka no quería más, al final me tomé tres y andaba con un chute de cafeína del quince; el picante de la pizza, los gases de la pepsi, el techo desconchado, el cutre papel de la pared y ese maldito olor a matarratas.
¿Qué ideas no se me pasarían por la cabeza en ese momento?. Recordé todas las pelis de matones en moteles que he visto… ¿Tengo garantías de poder sacar a Ka? ¿Por dónde escapamos? ¿Dónde está mi arma? Voy a comprobar que la puerta esté cerrada… ¡Noooo,… no… no puede ser! ¡No se puede cerrar, se queda abierta! ¡Tendré que atrancarla! Y coloqué estratégicamente dos sillas apuntalándola.
Vuelvo a la cama e intento relajarme… ¡tranquilo, estamos en Estados Unidos!... y comienza a sonar un pitido agudo y fortissimo: ¡¡¡Piiiiii, piiiiiii, piiiiiiii, piiiiiiii, piiiiiii, piiiiiiiii!!!.
¿Pero qué leches es eso?
- ¡One!, ¿qué pasa? - pregunta Ka -
- ¡No lo sé, no lo sé, voy a ver!
Me fui hacia la ventana pensando que podía ser la alarma del coche - ¿dónde está mi arma? – pero no, miro alrededor, pienso… y entonces lo vi claro: el vapor de la ducha había hecho saltar la alarma contra incendios… ¡Jo… tenía el corazón a mil!
- ¡Ka, nos vamos, recoge que nos vamos!
- ¿Estás seguro?
- ¡Absolutamente, y rápido!
Continuamos hacia Seattle y salimos en Marysville, donde encontramos un Comfort Inn. Sólo les quedaba una habitación… fantástica, con “king bed” una cama de dos metros y pico por dos… para perderse.
Dulces sueños.
Besos y abrazos.
