domingo, 8 de julio de 2007

Pa' habernos matao'

Estábamos en París y lo único que teníamos que hacer antes del embarque a las 12h35’ era desayunar, de manera que nos pegamos un buen atracón y cogimos el bus hacia el Charles de Gaulle a las 9h45’. Nosotros siempre con tiempo, para evitar retrasos… La primera cola para mostrar el pasaporte, la segunda en el detector de metales, la tercera para preguntar por las maletas – hasta aquí hora y media – y la cuarta en el embarque.
Asientos 21 J (de Juan) y K (de Ka). ¡Qué suerte, ventanilla!. Como íbamos con tanto tiempo, fuimos de los primeros en embarcar y ya nos encontramos a EH Tarr y su mujer punky en nuestros asientos, con la mantita y la almohada sobre las rodillas.
- Estos son nuestros asientos.
- Disculpe, nos hemos equivocado.
Aunque voy a escribir todo (o casi) en español, tenéis que tener en cuenta que la mayoría de las veces que nos dirigimos a alguien es en inglés, con mis consiguientes problemas.
Se levantan y se cambian justo a los de al otro lado del pasillo. En este momento se hace imprescindible explicar que el avión era un Airbus A320, con capacidad para 192 pasajeros y 8 en cada fila de turista (2, 4 en la fila central y 2). En principio pensamos que cualquiera puede tener una equivocación, pero juzgar por vosotros mismos: antes de salir del “aparcamiento” la pareja en cuestión habían sacado y colocado sus propios auriculares (llevan una clavija especial que yo personalmente no conocía, un doble jack pequeño, uno estéreo y otro mono); se quitaron los zapatos y sacaron sus calcetines gorditos que se encasquetaron para no tener que ir calzados en el viaje (Air France no repartió calcetines); fueron los primeros en ir a pedir el aperitivo que podías solicitar entre las dos comidas, y durante todo el viaje estuvieron demostrando un dominio impecable de la televisión y la videoconsola.
El viaje fue muy entretenido, podías elegir entre doce películas varios juegos de videoconsola, ver los datos del vuelo (velocidad, altitud, distancias…), ver las imágenes que recogía una cámara situada en la panza del avión, no sé cuántas series, documentales, la lectura que llevases, comer, aperitivo, dormir… rellenar los papeles para inmigración… El caso es que las diez horas y pico pasaron bastante pronto y aterrizamos en Seattle ¡Bienvenidos a Estados Unidos! ¡JA!.
La cola no era muy larga pero sí pesada. Policías en cabinas revisaban pasaporte por pasaporte y tomaban huellas de los dedos índices de ambas manos, además de fotografiar a quien entraba en las cabinas.
Carolina no tuvo problema, viene con la visa – ya sabéis que tuvo que viajar precipitadamente a Madrid y pagar casi 700€ entre tasas, viaje y dietas – el problema fue mío, y no tuve conciencia de él hasta que me dio el poli una tarjeta roja (como cuatro veces la de un árbitro de fútbol) y me dijo que fuera hacia atrás y luego hasta el final del pasillo. Al final del pasillo había un corredor con sillas y un mostrador con cuatro policías y tres ordenadores. En las sillas ya había gente esperando. Entregué el pasaporte y la documentación que había rellenado en el avión a uno de los polis y me pidió que me sentara a esperar. Lo cierto es que con el primero todo iba bien hasta que le dije que tenía dos meses de vacaciones – debo reconocer que muchas veces me he sentido paleto cuando he salido al extranjero, pero hay cada pieza suelto también por esos países de dios –, en fin… Los del mostrador seguían un orden aleatorio y teníamos que enlazar con el vuelo de Pullman que salía a las 16h57’. A las cuatro llevábamos ya media hora esperando y empezamos a ver – no sin indignación – cómo gente que había llegado después que nosotros estaba siendo atendida. La situación es bastante complicada: por un lado el vuelo que se va, por otro intentar no molestar al funcionario de turno… ¿Qué hago?. En un momento que el típico poli con cara de chino se quedó sólo decidí acercarme – acojonado, esperando cualquier reacción – para comentarle lo de nuestro enlace hacia Pullman. Según entendí: “¡todo el mundo está en la misma situación de manera que siéntese y espere!” – dijo bastante cabreado –. ¡Ya la he cagao’! – pensé –.
Estaba garantizada la pérdida del vuelo así que “from the lost to the river” y cuando salió una señora que tenía cara amable le hice el mismo comentario que al anterior. Su respuesta no difirió de la de su compañero salvo en las formas, y en que pasó al mostrador, agarró un puñado de pasaportes y buscó en su interior hasta que halló mi foto. Me llamó y conversamos:
¿Por qué vienes?
¿Tienes trabajo en España?
¿Dos meses de vacaciones?
¿Tienes billete de vuelta?
OK, un momento.
Entra en el despacho y sale con el pasaporte sellado. Buen viaje – dice en español –.
Las 16h35’ pero teníamos que pasar el control de maletas – ellos escogen maletas al azar y tienes que abrirlas y explicar lo que llevas dentro –. Bajamos por la escalera mecánica y aunque facturamos en Madrid hasta Pullman, allí estaban, en una sala vacía con la típica cinta transportadora y una funcionaria china al lado – cago en -. Cuando llegamos a una distancia suficientemente educada para dirigirnos a ella le preguntamos: -¿El avión para Pullman?- y nos dice – adelante –.
¿Qué hacemos con las maletas? – nos preguntamos –
¿Qué hacemos con las maletas? – le preguntamos a un trabajador afro americano del aeropuerto –
Conecting flight? Y nos señala a dos hindúes sentados en el filo de una cinta transportadora, y cuando les dice “conecting flight” empiezan a discutir entre ellos si las maletas se facturaban otra vez o no… hasta que el afro americano (negro) volvió a insistir “¡conecting flight!” y echaron las maletas a la cinta sin volver a facturar.
Resuelto esto nos vamos corriendo a oootro control detector de metales - ¡pero si me acabo de bajar de un avión! ¿acaso piensan que en los aviones de París se reparten armas?... lo cierto es que nos pusieron cuchillos metálicos para comer…- y hasta los zapatos nos tuvimos que quitar.
A todo esto, el aeropuerto estaba sospechosamente vacío.
A la salida del control miramos en un panel: vuelo a Pullman, puerta C2D. Veo una especie de metro y un letrero luminoso sobre la entrada que dice: Terminal F, enlace A, B, C, y me meto en el metro. No hay nadie, no tiene conductor, las paredes son de cristal (las cuatro), Ka no entra… ¿qué pasa?... me salgo, me salgo, me salgo, me salí.
- Pero, ¿por qué no entras?
- No estoy segura.
Preguntamos a otro y escribe tras el billete de Ka: C2D. Nos metemos en el metro y bajamos en la primera parada siguiendo las indicaciones del que apuntó (también afro americano negro), y a la parada un corredor y otro metro en frente: Terminales A, B, C. Y la señora amable del pasaporte que al vernos saludarla, con cara de preocupación nos dice: “No vayáis por ahí” – señalando arriba – no fuimos por allí de hecho. Como si conociéramos perfectamente el aeropuerto de Seattle nos metimos en el otro metro, sin pensarlo dos veces, y cuando echó a andar empezamos a pensar: ¿es este? ¿1ª, 2ª, 3ª parada? ¿dónde estamos?. Fue entonces cuando tuvimos conciencia de lo que nos explicó el del boli (C2D)… “take the train… the first stop… arround…” - ¡Piiiiiiiii, si es que hablan muy rápido, de verdad! - ¿Y ahora qué?.
Segunda parada terminal C. Ahora sólo tenemos que buscar la puerta 2D, pero estamos en la 18 y son las 16h55’ ¡¡¡A correeeeeer!!!
K – ¡¡No puedo correr, la mochila me pesa mogollón!!
J – ¡Yo me adelanto e intento entretenerlos!
A las 16h57’ llegué al embarque, y una chica con camisa hawaiana me dice algo que no entendí bien, no sé qué de luck y delay, y le pedí que me lo repitiera, a lo que llegó Ka y tampoco lo entendí pero ella me dijo: “hemos tenido suerte, el vuelo se ha retrasado unos minutos”. ¡¡¡Aaaaalleluha, aaaaalleluha, alleluha, alleluha, alleeluha!!!

Pero… y las maletas…

Voy a intentar publicar esto, de nuevo sin fotos, os pido disculpas, estamos rapiñando una red inalámbrica a algún vecino, pero no es muy potente. Espero que mañana nos den conexión de la uni, más poderosa.

Besos y abrazos.

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