El primer día en Pullman
Durante el fin de semana el campus se queda desierto. Estudiantes no hay y trabajadores tampoco, de manera que era bastante complicado encontrar a nadie por la calle. Con C el americano habíamos quedado a las 19h00’ – que es después de cenar – así que teníamos la mañana y media tarde para dar una vuelta, conocer el lugar y comprar algunas cositas. Esta última fue nuestra primera prioridad. El día anterior nos habían indicado un camino para llegar a Dissmore’s, pero lo tomamos al revés. Tampoco importaba mucho, teníamos prácticamente todo el día para hace tres cosas, de manera que bajamos caminando al pueblo por la ruta más larga. En la calle principal, cerca de la tienda de bicicletas, frente a una barbería que parece cerrada por vacaciones mientras vuelven los estudiantes, nos encontramos a una señora con gorra y gafas de sol, gordita y rechonchilla, que hablaba bastante lento y se le entendía bien. Nos dijo entre otras cosas, que vivía sola; dónde estaba el centro de visitantes y que toda la información que tenían en el mostrador es gratuita; dónde podíamos conseguir un teléfono móvil y qué debíamos tener en consideración a la hora de elegir; que para conducir por USA es conveniente conseguir un libro con las normas de circulación y dónde conseguirlo; que no hacía falta que hubiéramos caminado desde el campus porque hay autobuses, y seguro que alguna cosa más que se nos escaparía.
Y siguiendo sus indicaciones llegamos al centro de visitantes. La gente se muestra muy comprensiva cuando les dices que no hablas bien inglés. Les explicamos nuestra intención de comprar un coche y llamaron a un compraventa para avisarle de que íbamos. Nos dieron un montón de información más y nos fuimos en busca del coche.
- ¡Vaya mierda de coche! Claro, ¿qué se puede esperar por $745?
Por otra parte preguntamos por unas bicis, y nos venden dos que no están mal por $140. De manera que nos estamos planteando alquilar un coche en lugar de comprar en los momentos que lo necesitemos – fines de semana seguramente – ya os contaremos.
Era casi la hora del almuerzo y me estaba quemando la frente así que pasamos de nuevo por el centro de visitantes donde había visto gorras, para comprarme una. Carolina se quedó fuera haciendo fotos y al ir a pagar la señora del mostrador se dirige a dos chicas que había allí sentadas, en los siguientes términos: “este caballero viene de Europa a pasar unos meses aquí, está de vacaciones” y acto seguido me mira y dice “son mis hijas”. ¡Carolinaaaaa!
¿Las maletas? No, no, todavía no han llegado, estarán en Seattle.
¿Y los trabajadores del aeropuerto? Con los de la WSU (la universidad) probablemente.
Y allí compramos un ventilador de ventana por $9 –chulísimo, todo un invento -, una plancha por $6 y un secador de pelo por $9, todo fabricado en China. También compramos verdura y unas cervezas con una pinta estupenda y tamaño bestia que – no penséis mal de mí por esto – nos dejamos olvidadas en la caja. Como diría Guanguán: “¡Por dios, que sea sangre!.
Por fin llamaron a C el americano desde el aeropuerto, después de haberles dejado varios mensajes, con la noticia de que nuestras queridas y deseadas maletas estaban esperándonos.
Aaalleluha, aaalleluha, alleluha, alleluha, alleeluha!
Y aquella noche nos fuimos a dormir con ropa limpia.
Buenas noches.
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